10/3/08

UN HECHO SORPRENDENTE

Hace muchos años, cuando tenía seis años aproximadamente, me contó mi tío Antonio al calor de la lumbre una historia conmovedora de mis bisabuelos. El tenía un don especial para narrar historias y nos tenía a sus hijos y sobrinos maravillados con lo que decía. Pero este hecho fue real. Mis bisabuelos tenían tres hijos y una hija, esta era mi abuela. Vivian felices en una casa con un gran corral. Tenían también una cueva típica de mi pueblo, Guadix, a la que iban en invierno donde los animales no sufrían el intenso frío que hace allí. Era una cueva grande dividida en dos partes, una era casa y la otra eran cuadras donde metían los animales formados por ovejas y cabras.
El frío invierno llegó al pueblo y con él la nieve y las heladas.
Un día vino una anciana que estaba de paso. Iba a un pueblo cercano y la diligencia no salía hasta el día siguiente. Les pidió alojamiento para aquella noche y mi familia la acogió gustosamente.
A medianoche mi bisabuelo observó que del techo caía un poco de tierra. En seguida llamó a su familia para que saliese rápidamente. Era un hundimiento. Justo cuando el salió, cayó delante de sus pies toda la tierra de la cueva. Era una noche oscura y solo se veían las estrellas iluminando el cielo. Al cabo de un rato sintieron unos gritos: ¡socorro, sacadme de aquí! Era la pobre anciana que estaba en la habitación interior. Mi bisabuelo, con un candil en la mano, atravesó los escombros y la encontró refugiada debajo de una mesa. Eso le había salvado de la tierra que había caído encima de ella.
Vieron contentos que todos estaban bien. Pero no se había podido salvar ningún animal.
Toda la fortuna de mi familia que consistía en sus animales, estaba debajo de aquella enorme montaña de arcilla. Ahora vendrían tiempos malos, de carencias y privaciones, pero al menos ninguno de ellos había sufrido ningún daño físico.
Volvieron a casa pensando en como podrían salir adelante.
Al cabo de una semana, mientras dormían, sintieron un extraño ruido en el corral. Mi bisabuelo, pensando que podría ser algún ladrón, salió poco a poco en silencio y vio sorprendido que todo el corral estaba lleno de animales.
Cuando comenzaba a salir la primera luz del día, mi bisabuelo vio que era un rebaño de cien cabras monteses.
Al principio se pensaba mi familia que los animales podrían tener amo y los tuvieron un mes limpiándolos y dándoles alimento y agua.
Como nadie denunció ninguna perdida, hicieron suyas estas cabras y prosperaron con ellas.
Años después recordaban este hecho y daban la explicación de que podía ser que esta manada habría bajado de Sierra Nevada huyendo de algún obstáculo y se refugiaron en este corral donde había bastante alimento.
Para mi familia este suceso fue un milagro en un momento de gran necesidad.
Ahora ya no está mi tío entre nosotros y, después de muchos años desde que me contó esta historia, encuentro sorprendente este hecho. Lo he explicado a mis hijas y espero que ellas lo continúen haciendo en un futuro.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

que bien hablas,me quedaria horas leyendote,sigue haciendolo porfi,el pueblo te necesita,en estos tiempos con tanta caja tonta,hace falta leer cosas inteligentes.
sigue

Kalar dijo...
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