2/3/08

UN HOMBRE SENCILLO



Primavera de 2004

A mi querida familia a la que, esté donde esté, llevo siempre en mi corazón.
Intento escribir sobre mi tío y no tengo palabras adecuadas para hacerlo. Me vienen al pensamiento recuerdos diversos de diferentes etapas de mi vida, de la infancia, de la juventud, de ahora.
Cada persona tiene un mundo interior desconocido y él, como tantos otros que han pasado por la vida, se ha llevado consigo todo aquello que no supimos descubrir mientras vivió. Ahora solo me quedan recuerdos que de alguna manera quisiera mantener, quizá escribiendo algo sobre él.
Cuando asistí a su despedida en el cementerio de Guadix, una paz, acompañada de tristeza a la vez, me inundó y pensé: se ha marchado una parte de mí y Guadix ha perdido a un pequeño y gran hombre. Pequeño, no por su aspecto físico, sino porque era un hombre sencillo de los que no salen en las noticias; y grande por como era, por su forma de vivir, por su sabiduría, por su forma de pensar, por como se entregaba a los demás.
Era un hombre de mediana estatura, aunque ahora, con el paso de los años, la artrosis y el asma le habían hecho mermar y mover su cuerpo con alguna dificultad. Su aspecto era de un hombre curtido por el campo, arrugas en su cara que el tiempo había dibujado de forma implacable. Color moreno en las partes descubiertas de su cuerpo. El cabello blanco. La mirada aguda, sin tener que necesitar gafas para observar la realidad que nos rodea. Su boca huérfana de algunos dientes. Su sonrisa, con aquella mueca alegre cuando hablaba con las personas a las que encontraba.
Recuerdo una vez cuando era pequeña, tendría unos cuatro años, me llamó y me dijo: ven, comete este pastel que los demás disfrutan más que tu. El sabia que en casa, nosotros teníamos muchas limitaciones, y que estas las sufríamos en silencio.
El vio como parte de su familia emigró hacia Barcelona, pero el permaneció en su tierra con lo que sabia hacer, con aquello que le enseñaron sus padres, manteniendo un legado ancestral que, a pesar del paso del tiempo, supo continuar.
Cuando veníamos de vacaciones el sacrificaba un chotillo y nos lo ofrecía para darnos la bienvenida.
Su trabajo fue de cabrero y lo mantuvo hasta su último día. El contacto con los animales, la naturaleza y la relación con las personas fue su forma de vida.
No sabía leer ni escribir, pero tenía una intuición sobre las cosas y una memoria impresionante. A veces le decía: tito, está el cielo nublado, seguro que lloverá. El me contestaba: no mujer, no va a llover. Yo le preguntaba: ¿por qué no? Y el me contestaba: porque no. Y efectivamente no llovía.
No necesitaba reloj, se levantaba a la hora de siempre, con la luz del día.
Le compramos una maquinilla eléctrica, pero el decía que le molestaba, y seguía como siempre, afeitándose con su cuchilla de afeitar.
Yo solo puedo hablar de pequeñas cosas a lo largo de los veranos que he pasado en el pueblo. De los crudos inviernos, de los días difíciles, del día a día, es mi prima Encarnita la que podría decir más, la que ha estado a su lado cuando mas ha necesitado compañía, la que lo ha socorrido en sus malos ratos. Ella, ahora, en los momentos de silencio y de soledad, lamentará su ausencia y llorará su pérdida. Para él ella era la hija que no pudo tener y que tuvo en vida. Cuando él murió lo hizo en sus brazos, sintiendo el calor de su cuerpo.
Ahora lo veo, lo recuerdo entre lágrimas caminando por un lado de la carretera con su burra, su compañera fiel, con sus cuatro cabras y, al fondo, un paisaje que se va desvaneciendo con el progreso. Parece una estampa salida de una vieja película. Ante ello, aparece el contraste con camiones, coches último modelo y asfalto.
Recuerdo lo que le decía mi madre: Manolo ten cuidado con la carretera, es muy peligrosa, que un día te pasará algo; eres incorregible, hombre.
Él pudo elegir, como mis padres le dijeron en mas de una ocasión, el que dejase el tipo de vida que llevaba y se fuese con ellos a Barcelona. Pero él nunca consintió. Quiso continuar con el camino que había escogido, sus animales, su campo, respirar el aire libre de quien no se deja vencer por los años, de apurar hasta el último momento la esencia de sus abuelos, de sus padres, de todas las personas que años atrás se marcharon para no volver.
Recuerdo que un día de verano, cuando estábamos en mi casa de Guadix, le dijimos que viniese a cenar. El nos dijo que así lo haría, pero no apareció. Al día siguiente, enfadada le dije que por qué no había venido, él nos contestó que si que había estado y que nos había dejado una piedra en el tranco de la casa como muestra de que había estado allí. Y era cierto, en el tranco había una piedra como mensaje de su presencia. Parece anecdótico que, en la época de los móviles, de la informática y de la prensa escrita haya una lectura alternativa, un medio de comunicación que nos dejó sin palabras.
Me doy cuenta de mis limitaciones, de mi desconocimiento ante las cosas. De no tener una mente receptiva ante un mundo que se me ha presentado diferente y lo he tenido al alcance de la mano. Creo que nos pasa a todo ser humano, pensamos que lo que tenemos a nuestro lado siempre estará ahí y, que equivocados que estamos, entonces sentimos la necesidad de agarrar el tiempo y estudiarlo meticulosamente para recordar, para encontrar en nuestra memoria todo aquello que nos sirva para que lo perdido permanezca.
En el patio de mi casa, aprovechábamos los momentos que él estaba con nosotros, que eran breves porque siempre tenía cosas que hacer, nos poníamos a hablar y compartíamos ratos de silencio. Yo lo observaba, me quedaba atenta, sin que él lo notara, a sus gestos, a la paz interior que mostraba, a esas miradas risueñas cuando veía a las niñas jugar, a sus recriminaciones cuando se discutían, a las lecciones que me daba cuando regañaba a alguna. Me decía: déjalas que son niñas y están jugando, no las regañes.
Había gente que lo consideraba tonto, simple, que sentía pena por él. Me cuestiono como podemos ser tan ignorantes, como catalogamos fácilmente a una persona por el mero hecho de vivir de otra manera, de hacer lo que quiere.
Y me pregunto: ¿Quién es el tonto? ¿Es aquel que vive para el qué dirán? ¿Tal vez es aquel que deja lo que quiere y le gusta para complacer a los demás? ¿Aquel tal vez que ayuda a los demás por intereses? ¿O será aquel que vive por lo que cree?¿Aquel que estando solo se siente acompañado? ¿Aquel que ayuda por el simple hecho de solidaridad y hacer el bien?
En nosotros está elegir lo que queremos, luchar por lo que creemos y valorar lo que tenemos. El amor por la vida nos limpiará de prejuicios sociales y nos ayudará a ver mejor, sin catalogar a las personas por lo que aparentan, sino aceptarnos como somos.
Cuando entraba en Guadix, un 13 de Marzo de 2004 para decir el último adiós a mi tío, vi un paisaje de tierra roja, donde la primavera asomaba hermosa con su verdor y sus almendros en flor, al fondo estaba Sierra Nevada blanca y majestuosa y el valle permanecía callado; silencio roto por el suave viento que acariciaba los olivos de los campos. Sonaba una melodía que evocaba el reencuentro con todos aquellos seres queridos que ahora ya no están con nosotros.
Encarna Revuelta

7 comentarios:

María Jose dijo...

Casi me has hecho llorar. Qué triste que ahora vivamos tan deprisa, y que nos compliquemos la vida inutilmente la mayoría de las veces. Que no seamos capaces de captar la esencia, que no sepamos disfrutar de las cosas sencillas, de las pequeñas cosas.

Hipotecamos nuestro tiempo a costa de una tranquilidad ficticia, y pagamos los excesos de una sociedad vacía y falta de básica humanidad.

Cometemos el error de al sentirnos protegidos por lo material no explorar un poco más dentro de nosotros mismos, limitando nuestra capacidad de ser.

Un brindis por los todos los tíos solteros que apuestan por la vida sencilla y que saben disfrutar de ella como nunca sabremos nosotros.

Pum

Anónimo dijo...

Es hermoso encontrar personas fuertes, receptivas y sensibles como tu. Por eso me he atrevido a poner el escrito.
Un beso
Encarna

Anónimo dijo...

ei...eres mala...me has hecho llorar otra vez. Aunque estoy segura que tu tambien lloraste escribiendolo...te conozco...desde luego...que bonitas son las cosas que se escriben desde el corazon!!! hasta mañanita...mua

REVUELTA dijo...

Todos y todas (recuerda la coeducación, jejeeee) tenemos todo un mundo que contar. Y las mejores son aquellas que salen de dentro. ¿ Que tal un blog tuyo?
bezitoz

azagra dijo...

oigg,que bonito
cuantas cosas por contar
seguiremos a la escucha

Anónimo dijo...

Tu viviste parte de lo que cuento ¿verdad?
Encarna

azagra dijo...

aún sigo formando parte de el.....